Viviana, todavía brava, se tapó los oídos y se encerró en el baño.
Al ver su silueta alejarse con rabia, ambos hombres soltaron un suspiro de preocupación.
A un lado, Eduardo y Rosa, conscientes de lo que los inquietaba, aprovecharon el momento para contarles algo:
—No se desanimen tanto. Viviana no se casará con Pedro, así que pueden estar tranquilos.
Ambos hombres los miraron con incredulidad. Pero, apenas asimilaron la noticia, una alegría desbordante reemplazó su asombro.
—¿Es en serio? ¿La