Cuando desperté a la mañana siguiente, con un fuerte dolor de cabeza, y una resaca del demonio, Miguel Ángel seguía allí. Llevaba una toalla cubriéndole los bajos y se estaba sacudiendo el cabello con otra.
Buenos días, dormilona – me saludó, mientras cogía su teléfono y comenzaba a hablar en inglés con alguno de sus socios – en un minuto estoy contigo – aseg