FERDINAND LEONARD
Nuestras miradas se cruzaron y, por un instante, todo lo demás pasó a un segundo plano.
De repente, su expresión cambió.
Sus ojos se abrieron de par en par, brillando con pura emoción, como si acabara de descubrir algo mágico: el suave resplandor de la luna.
—¡Ay, Dios mío, Fred! —susurró, con voz llena de alegría infantil, mientras me daba un golpecito con entusiasmo—. Es luna llena. Pidamos un deseo.
Antes de que pudiera responder, ya me había agarrado del brazo, girándome