Pestañé ante aquella absurdez y comencé a negar, sin parar de escucharle.
—Al principio no le creí. ¿Que aquello fuese una confesión? ¡Ni de coña! De seguro estaba rejodiéndome la vida diciendo estupideces. Pero fueron pasando los meses y empezó a hacer cosas que me confirmaron que sí habló en serio. Primero, el pedirle a Carlos que le alquilara la casa donde yo me estaba quedando a vivir. Segundo, varias veces me engañó pidiéndome que le buscara cualquier cosa en mi habitación y justo después,