Lo arrastré del brazo por el pasillo, pese a la torpeza de mis propios pasos. Santiago no opuso resistencia. Nos encerramos en mi estudio, encendí la lámpara de escritorio. La luz reveló a un Santiago: descalzo, despeinado y sin camisa, vistiendo unos pantalones cortos de algodón.
Mi mente comenzó a trabajar rápido.
—¿Y bien? —empecé, cruzándome de brazos sobre mi vientre—. ¿Qué tienes para decir, Santiago?
Él exhaló un suspiro largo, rascándose la nuca.
—No hice nada, Isa.
—Te vi salir de su h