Realidad.
Recostada en la cama de un hotel, entre sábanas blancas, Libia se limpió el sudor de la frente, y luego se sentó sobre su trasero con la entrepierna dolorida. Cayó de nuevo en la tentación, otra vez entregó su cuerpo a Lison.
—Tengo que irme —dijo, levantándose de golpe de la cama.
El hombre miraba al techo con el ceño fruncido, y parecía no haberla escuchado.
La muchacha agarró su ropa del suelo, y se la puso lo más rápido que pudo.
»¿Dónde están los papeles? No quiero volver a encontrarme con