Sustituta para el Príncipe Alfa en Coma

Sustituta para el Príncipe Alfa en ComaES

Aurora Starling  Recién actualizado
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Resumen
Índice

Mi padre me vendió. Mi novio me traicionó. Y ahora pertenezco al Príncipe Alfa que yace en coma. Lillian es enviada al palacio real como candidata a sustituta para el Príncipe Grayson, el heredero inconsciente del reino. Todas las demás chicas son rechazadas por su letal lobo interior... hasta que Lillian da un paso al frente, y la bestia la elige a ella. De la noche a la mañana, pasa de ser una chica desechada de la manada a convertirse en Princesa Luna. Pero su nuevo título tiene un precio peligroso. Su ex quiere usarla para robar el trono. El palacio está plagado de enemigos. Y el príncipe que todos creen dormido podría estar ocultando un secreto lo bastante poderoso como para destruirlos a todos. Él es peligroso. Él está observando. Y podría ser el único capaz de salvarla.

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Capítulo 1

Capítulo 1

Tenía diecisiete minutos antes de que la escolta real viniera a llevarme. Mi padre me había inscrito como candidata a sustituta del Príncipe Alfa. El Príncipe Alfa Grayson, el único heredero del Rey. Llevaba meses en coma.

El Rey y la Reina querían un plan de respaldo. Un heredero. Así que habían mandado aviso a las trece manadas: cada una debía ofrecer al menos una candidata soltera. Virgen. Sana. Lista para procrear.

Mi novio se suponía que me salvaría de eso.

“Espérame", me había dicho. "Tocaré tres veces. Nos iremos antes de que nadie se dé cuenta.”

Eran casi las dos de la madrugada.

Calvin no había tocado.

Me senté en el borde de la cama con el viejo vestido de algodón de mi madre —azul desteñido, dos botones perdidos en el cuello, una mancha de café en el dobladillo que no salía por más que la tallara.

Mi bolso estaba empacado entre mis botas. Dos mudas de ropa, el relicario que mi madre me dejó antes de morir, cada moneda que había ahorrado en tres años de trabajo en la cocina, y una foto de mi hermano Ronan sonriendo sin sus dos dientes de enfrente. Ahora tenía doce años, y ambos dientes ya le habían crecido, pero me gustaba más la foto así.

Eso era todo lo que poseía que valiera la pena llevarme.

Confiaba en Calvin. Había confiado en él desde los catorce años, cuando me dijo por primera vez que era bonita en el comedor —el cabello oscuro cayéndole sobre los ojos, esa sonrisa fácil de futuro Alfa ya dibujada en su mandíbula. Tres años tomados de la mano bajo la mesa, besos robados detrás del patio de entrenamiento.

Él iba a ser Alfa. Yo iba a ser su Luna. Ese era el plan.

La mayoría de las chicas de la manada pensaba que el programa de sustitutas del Príncipe era una gran oportunidad. Lo murmuraban en las cocinas con las manos juntas y los ojos brillantes. Imagínate vivir en el palacio, imagínate comer comida real todos los días, y si el Príncipe llegaba a despertar, imagínate convertirte en su Reina Luna. Un cuento de hadas con un príncipe dormido, y lo único que había que hacer era acostarse a su lado y cargar a su hijo.

Yo solo quería a Calvin. Pero a mi padre no le importaba lo que yo quisiera. Nunca le había importado.

Catorce minutos.

Mi loba se agitó detrás de mis costillas. Estaba inquieta, dando vueltas dentro de mí, arañando las paredes que mi madre había levantado para contenerla.

Mi madre me daba medicina cuando era niña. Gotas amargas en la lengua cada luna llena, para evitar que mi loba se desarrollara demasiado rápido.

—Eres diferente —me había susurrado, con la mano fría sobre mi mejilla y los ojos ya nublados por la enfermedad que la mataría tres meses después—. Demasiado diferente. La gente va a querer aprovecharse de eso.

Nunca entendí a qué se refería. Solo sabía que mi loba era más grande de lo que debía. Más fuerte de lo que le correspondía a la loba de cualquier chica Gamma.

Y la escondía. Usaba vestidos holgados, encorvaba los hombros, hablaba en voz baja. A Calvin le gustaban las mujeres delicadas.

Así que fui delicada. Por él.

Diez minutos. Ya no aguantaba más la espera.

Tomé mi bolso, abrí la puerta con cuidado y salí al pasillo. El segundo piso estaba a oscuras. La mayoría de la manada debía estar abajo, seguramente celebrando mi partida con cerveza barata.

Llevaba las suelas de las botas envueltas en tela, un truco que Calvin me había enseñado para saltarme el toque de queda, y la madera del piso no hacía ni un ruido bajo mis pies.

Iba a medio camino hacia la casa principal de la manada cuando lo oí.

La risa de Calvin. Baja, relajada, inconfundible. Venía de detrás de la puerta de mi hermanastra Maren, entreabierta apenas un par de centímetros, con la luz cálida de una lámpara filtrándose por la rendija.

Debí seguir caminando. Debí decirme a mí misma que no significaba nada.

Miré.

Calvin estaba en la cama de Maren. Sin camisa, la espalda contra la cabecera. Maren estaba recostada sobre su regazo, los brazos enroscados en su cuello, dejando besos lentos a lo largo de su mandíbula.

La mano de él descansaba en el muslo desnudo de ella, el pulgar trazando círculos perezosos sobre su piel. El camisón de Maren estaba arremangado hasta la cintura.

Tocándose.

Sentí el estómago helado. La cara me ardía.

—Seguro no tiene idea de que he estado aquí todo este tiempo —dijo Calvin, con voz aburrida, casi divertida—. Le dije que esperara a que tocara. Y ahí sigue, sentadita en su cuarto como una perrita obediente.

Maren soltó una risita y se acurrucó contra su cuello.

—Eso es tan cruel.

—Es tonta, Maren —él echó la cabeza hacia atrás y dejó que ella le besara el cuello—. Dejé de quererla hace meses. Pero dime, ¿qué querías que hiciera? ¿Botar a la hija del Gamma frente a toda la manada? La gente habla. A un futuro Alfa no lo pueden ver desechando chicas así nada más.

Cada palabra me golpeaba en un lugar distinto del pecho.

—¿Entonces mi papá te ayudó a arreglarlo? —Maren trazó una uña por el centro de su pecho.

—Tu padre vino a mí primero, de hecho —Calvin se encogió de hombros, tan tranquilo como si hablara del clima—. El Rey exige al menos una candidata de cada manada para lo de las sustitutas. Lillian es virgen. Cumple con todos los requisitos. Y así nadie puede decir que la abandoné. La estoy mandando a servir a la corona —sonrió con suficiencia—. Muy noble de mi parte.

Mi mano aferrada al marco de la puerta era lo único que me mantenía en pie.

—¿Y si no la eligen? —Maren se incorporó, haciendo un puchero—. ¿Qué tal si regresa? Me prometiste una ceremonia de Luna, Calvin. Me lo prometiste.

A Calvin se le apagó la mirada. Por un segundo no parecía el mismo chico que me había tomado de la mano junto al río y me había dicho que yo era su mundo.

—No va a regresar —su voz sonó fría—. El lobo interior del Príncipe sigue activo aún en coma. Cuida el cuerpo, ataca a cualquiera que se le acerque. Tengo contactos adentro. Otras candidatas ya lo intentaron. Algunas murieron. Las demás salieron lisiadas —atrajo a Maren contra su pecho y le besó la sien—. En el mejor de los casos, Lillian vuelve arrastrándose en una silla de ruedas. Y una lisiada no puede ser Luna. Eso es ley básica de la manada.

—¿Entonces soy Luna pase lo que pase? —a Maren le brillaron los ojos.

Calvin sonrió.

—Nena. Tú siempre ibas a ser mi Luna.

La besó, lento y profundo, con la misma boca que apenas ayer me había susurrado "te amo" contra el cabello.

El relicario de mi madre se me resbaló de entre los dedos, que ya no dejaban de temblar. Golpeó el piso de madera con un crujido que partió el silencio en dos.

Las risas se cortaron de golpe. Calvin giró la cabeza hacia la rendija de la puerta. Los ojos de Maren la siguieron.

Me vieron ahí, parada con el vestido de mi madre muerta puesto, las lágrimas corriéndome por la cara y el bolso empacado a mis pies.

Me ordené dejar de llorar. No frente a él. No frente a ella.

No pude. Calvin ni se inmutó.

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