Mi madre, siempre la mariposa social, se apresuró a ver a Sofía mientras se quedaba al borde del grupo, pareciendo un ciervo atrapado en los faros. Sus ojos se iluminaron, y se acerró, prácticamente arrastrando a Sofía a un lado antes de que alguien pudiera decir algo más.
"Vamos, cariño", gruñó mi madre, su voz dulce pero dominante. "No puedes quedarte en eso toda la noche". Ella tomó una de las manos de Sofía, tirando de ella con un agarre firme. "No vas a pararte en la esquina y actuar tímid