Me quedé congelada, cada nervio de mi cuerpo en máxima alerta, escuchando cómo se acercaban los pasos. El ritmo era lento y seguro, como si supiera exactamente adónde iba. No me atreví a moverme, aunque la muñeca ya me empezaba a doler por la posición incómoda. Tal vez —solo tal vez— iría a la cocina o al baño y nunca entraría aquí.
Pero entonces lo escuché.
La puerta de la habitación abriéndose con un largo chirrido.
Contuve la respiración con tanta fuerza que me dolió el pecho. Por un momento