Mi corazón dolió ante esas palabras. Quería creerle, dejar que el calor de ellas se hundiera en mí, pero no podía. Mi marido no me había llamado hermosa en tanto tiempo que la palabra se sentía extraña, como una mentira destinada a consolarme. Sacudí la cabeza rápidamente, apartando la mirada, con lágrimas frescas amenazando con caer.
—No… no digas eso —murmuré, con la voz quebrada—. Solo intentas hacerme sentir mejor.
Pero Jamie no se apartó. Ahora su mano acunaba un lado de mi rostro, su pu