El trozo de papel que Emiliano había dejado sobre mi cama había estado guardado en el cajón de mi mesita de noche toda la semana. Era pequeño, solo un pedazo doblado de un bloc de notas, pero cada vez que abría ese cajón sentía como si me estuviera mirando. Como si estuviera esperando a explotar.
A veces lo sacaba solo para mirarlo. Mis ojos se quedaban fijos en las líneas dobladas, como si esa estúpida dirección escrita dentro pudiera darme respuestas que ni siquiera sabía que quería. Mis dedo