Debería haberlo estado. Sabía que debería haber estado aterrorizada. Era peligroso. No era humano. Era algo poderoso, algo contra lo que no podría luchar aunque quisiera.
Pero el miedo no era lo que se retorcía en mi estómago.
Era excitación.
Mi piel ardía donde me tocaban. Mi pulso latía salvajemente, no por terror, sino por un hambre que ni siquiera sabía que tenía. Mis labios temblaban, mi cuerpo inclinándose instintivamente hacia ellos en lugar de alejarse.
¿Qué me pasaba?
Apreté los puños,