Viernes por la mañana, diez en punto, en el despacho de Nadia.
Lo había preparado todo con cuidado. No se trataba de una reunión ni de una presentación. Solo la mesa del rincón, cuatro sillas y café recién hecho. Victor a un lado. Ethan al otro. Reed junto a él.
Ella se sentó frente a todos, con el sobre sobre la mesa, entre ellos.
Nadie habló de inmediato.
El despacho que los rodeaba —la pizarra, el esquema del proyecto, el nombre de su padre en la pared— parecía guardar el silencio propio de