Habían pasado días desde la gala benéfica y Sofía había hecho todo lo posible por mantenerse al margen de Damián. El cálido sol de la tarde entraba por las altas ventanas del ático, manchando los suelos de mármol con una calidez que Sofía no podía sentir.
Se sentó sola en la pequeña mesa de cristal que estaba muy cerca de la piscina mientras bebía su té tibio que se había vuelto amargo hacía mucho tiempo. Trató de imaginar que en realidad estaba en un matrimonio amoroso y que disfrutaba de la riqueza de su esposo. Los moretones que se desvanecían manchaban la piel alrededor de su muñeca, que estaban ocultos por las largas mangas de seda que Damian se aseguraba de que usara hasta que desaparecieran los moretones. Su piel todavía le picaba un poco por el tatuaje que le había hecho en el sótano hace unos días. Pero había aprendido a dejarlos a todos en el pasado y tratar de sacar lo mejor de su situación. Trató de convencerse a sí misma de que al menos estaba viviendo una vida de lujo.
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