—¡Por favor, detente! —supliqué.
Estoy sentada en el suelo, en la esquina de una habitación que comparto con mis tres hermanos, cubriéndome los oídos.
Pero no me los estoy tapando por los gritos de mis padres. No. Estoy más que acostumbrada a oírlos gritar. Pero los niños no lo están.
Jamie está llorando frenéticamente, prácticamente gritando, y se está volviendo difícil estar tan cerca de él.
—Duérmete niño, no llores más, Lily te dará alas para volar… —canto sin siquiera oír mi propia voz, pe