Scarlett Ashford
El silencio en el coche era diferente al silencio en la casa de cristal. En la casa, el silencio era depredador, una respiración contenida antes de la violencia. Aquí, en el interior del sedán que Sebastián había cogido del garaje, el silencio era un vacío. Era el sonido del mundo pasando a toda velocidad a ciento treinta kilómetros por hora.
Me senté en el asiento del copiloto, con las rodillas pegadas al pecho y la chaqueta de traje de Sebastián todavía envuelta alrededor de