Punto de vista de Zara
Las consecuencias del “Confesionario de Hierro” no se sintieron como un final; se sintieron como el lento y agonizante estiramiento de una herida que se negaba a cicatrizar.
Estaba sentada junto a la ventana de mi suite, con el vestido de terciopelo morado magullado tirado en el suelo como la piel de un animal muerto. Me había envuelto en una pesada bata de seda gris carbón —el color de Luciano— y mi cabello estaba húmedo por una ducha que no había logrado eliminar el olo