Capítulo 4
Me ofrecí a organizar la ceremonia que daría a Lucía el título de consorte de primer rango, y también me encargué de todos los trámites para inscribir al hijo mayor del emperador en el registro dinástico.

Desde entonces, Enrique empezó a visitar mi palacio con más frecuencia. Una de esas noches llegó con una caja de perlas y, antes de nada, tocó el brasero.

—¿Por qué hay tan poco carbón?

Mandó que añadieran más y puso la caja frente a mí.

—Son para ti.

—¿Lucía también recibió unas?

Él se rio.

—Solo un broche de perlas para el cabello. Estas las escogieron por orden mía entre los tributos. Quedarán perfectas en tu corona. Desde que volví, ¿qué noche no he venido a verte primero? Lucía me salvó la vida y Gabriel es mi hijo. No puedo desentenderme de ellos. Pero tampoco puedes borrar ocho años de matrimonio por ellos.

Al terminar, incluso parecía sentirse agraviado. Cerré la caja.

—¿Cuándo será la ceremonia?

—Dentro de tres días.

—Bien.

Su expresión se relajó.

—Sabía que no dejarías de pensar en el bien del imperio.

La víspera de la ceremonia, llevé a su estudio los decretos enviados por el Ministerio de Ceremonias y la Oficina del Registro Imperial.

Los documentos para nombrar a la consorte, concederle una residencia y reconocer al primogénito, junto con las copias del registro, formaban una gruesa pila. Oculté al fondo de la carpeta el documento que me liberaría de la familia imperial, dejando visible solo el espacio destinado al sello.

Enrique revisó las primeras hojas y dejó la pluma.

—Decide tú esos detalles. Por difícil que haya sido un asunto del palacio, nunca has cometido un error al resolverlo.

Lo decía con naturalidad. Así había confiado en mí durante ocho años. Yo calmaba a los ministros cuando discutían, llenaba con mi dote las arcas vacías y me interponía cuando su madre o sus parientes lo presionaban.

Ahora, para marcharme, tenía que recurrir una última vez a esa confianza.

Deslicé la carpeta hasta su mano.

—Este también necesita su sello, majestad.

Miró la hoja, de la que solo quedaba visible el espacio para el sello.

—¿También es para inscribir a Gabriel?

Bajé los ojos.

—Solo con su sello podré dejar resuelto todo lo relativo a la posición del primogénito.

No hizo más preguntas. Al estampar el sello imperial, la tinta roja fue penetrando en el papel.

Acababa de autorizar con su propia mano que me alejara de él. Sin embargo, todavía me tomó la mano y me frotó con suavidad los dedos fríos.

—Cuando termine la ceremonia, iremos a otro palacio por un tiempo. La próxima primavera también te llevaré al sur. Solo tú y yo.

—¿Y Lucía y Gabriel?

Vaciló.

—Gabriel acaba de llegar. El año que viene no conviene que me aleje de la capital. Esperemos un año más. Entonces estaré solo contigo.

Ocho años atrás me había pedido que esperara hasta que el imperio estuviera en calma. Ocho años después seguía creyendo que yo aceptaría esperar otro año.

—Bien —respondí en voz baja.

El día de la ceremonia, acomodé personalmente la corona de Lucía. Ella me miró a través del espejo.

—¿De verdad no me odia, majestad?

—Le salvaste la vida y lo amas. ¿Por qué habría de odiarte?

Se quedó desconcertada.

No le dije que amar a Enrique nunca había sido el pecado. El pecado era creer que la persona que más lo amaba siempre debía ceder.

En el gran salón, Gabriel quedó inscrito oficialmente en el registro de los Valcárcel. Los ministros se postraron ante el primogénito y la emperatriz viuda lloró de alegría.

Enrique me miró entre la multitud. La última sombra de inquietud desapareció de sus ojos: creía que, por fin, todo estaba en su sitio.

Antes de que terminara la ceremonia, me retiré alegando que me sentía mal. Clara ya esperaba ante la Oficina del Registro Imperial con el documento que llevaba el sello del emperador.

Una vez registrado el decreto, nadie podría anularlo sin un nuevo decreto público del soberano.

Al caer la noche, me devolvieron el decreto con la constancia de su inscripción en el registro. Dejé encima el sello de la emperatriz, me quité la corona y las vestiduras oficiales, y partí llevando únicamente lo que me quedaba de mi dote, los recuerdos de mi madre y a quienes habían entrado al palacio conmigo.

Cuando estaban por cerrar las puertas, Clara miró hacia atrás.

—Majestad, ¿volveremos algún día?

Subí al carruaje sin responder a su pregunta.

—No vuelvas a llamarme majestad.

Las ruedas avanzaron por la avenida. No levanté la cortina.

Aquel palacio me había encerrado durante ocho años. Salir de él resultó mucho más silencioso que mi llegada.

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