Debbie.
—Oh, sí… yo… sí quiero.
River acababa de introducir la punta, tal como dijo, y así se mantuvo.
Ahora, la empujaba hacia adentro y hacia afuera de mí, lentamente, de una forma que aseguraba que no entrara toda.
—Debbie, estás tan estrecha —susurró—. Jodidamente estrecha.
La imagen de lo que estaba haciendo —el simple hecho de darme cuenta— me estaba volviendo loca.
Entonces su polla se deslizó hacia afuera. La sentí sobre mi hendidura, sobre el capuchón de mi clítoris. La alineó, r