Final

Ella lo estaba mirando como si le acabara de crecer tres cabezas.

Cinco segundos.

Ella se volvió para mirar lo que él tenía en la mano, boquiabierta. Su postura estaba congelada, tan inmóvil que era casi como mirar una estatua. Una estatua parecida a la carne, con piel cremosa, mejillas enrojecidas, ojos grandes y verdes y labios suaves y...

Diez segundos.

Ella seguía mirando fijamente. Empezó a estar muy, muy nervioso.

— Carmen.

— Tú... me lo estás proponiendo— dijo finalmente.

Con un suspiro interior, él inclinó la cabeza y le dio un pequeño asentimiento.

— Sí.

— En un callejón.

— Sí.

— Con los pantalones desabrochados.

Sorprendido, Manuel miró hacia abajo. Maldita sea. Se había olvidado de los pantalones. Tan rápido como un rel&a

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