La mañana, que prometía ser un aliciente para las emociones fuertes de la semana, terminó siendo un desastre.
Lali salió de la casa en un hilo de lágrimas; tenía atragantadas todas las palabras y los sentimientos que no podía confesar: la culpa por haber abierto la boca con Eva escuchándola y la imagen de la mano de Anna en el hombro de Owen. Creyó que iba a volverse loca.
Para cuando él pudo juntar todo su coraje y subir a la habitación de su hija, Raquel ya estaba preparando el almuerzo. Dudó