32. DÉJAME SER TUS OJOS
Hugo alejó lo más que pudo a Trinidad de su padre para que no escuchara ese momento de debilidad y desesperación. Mientras la abrazaba muy fuerte y le tomaba las manos que le temblaban de una manera descontrolada. Sabía lo que estaba pasando con su falsa esposa. Se había dado cuenta en verdad de la realidad abrumadora. ¡Era ciega! Hasta ese día ella había actuado segura de sí misma como desde que la conoció. Pero hoy por algún motivo, todo eso había huido de ella.
—Y este que tenemos aquí debe