Como siempre en esos días que uno se siente pleno, la noche llegó rápido, la cena fue deliciosa y la brisa que se colaba por el ventanal de la habitación era refrescante.
Pietro acunaba en sus brazos a una somnolienta Eva que se dejaba caer sobre su hombro.
Acariciaba su espalda y cada tanto plantaba un beso en su blanca palma.
Le causaba gracia el contraste entre la pálida piel de las niñas y su tez bronceada.
- Si no fuera por sus ojos, no podría creer que son tus hijas - reflexionó Lily - no