—¡Celeste, espera!
Ni siquiera se molestó en mirarme. Dio marcha atrás y salió de la entrada como si yo no existiera.
Me quedé en la puerta, viendo cómo se alejaba su auto, con los puños apretados de rabia.
Ya era demasiado. Celeste llevaba días tratándome como si no valiera nada, y ahora hasta se atrevía a dejarme hablando solo delante de mi familia. ¿Y todo por qué? ¿Por el dinero que había recibido? ¿Por ese hombre que, según yo, ni siquiera había llegado a tocarla?
Fuera una farsa o no lo de