Nada de Celeste.
Ni un mensaje. Ni una sola llamada perdida.
Revisé nuestras conversaciones y el registro de llamadas una y otra vez. Nada.
¿De verdad le había molestado tanto que llevara a mi mamá y a mi hermana a casa? Eran mi familia. Se suponía que la familia siempre iba primero. Pero Celeste nunca se había enojado tanto conmigo. Jamás me había ignorado de esa manera. En todos los años que llevábamos juntos, nunca había dejado que una discusión durara hasta después de medianoche.
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