Irene se sentía amarga.
—Solo estoy cumpliendo con las normas básicas de cortesía. —Robin soltó una risa suave.
—Vaya, qué modales tan refinados posees.
Irene optó por no decir nada más. Los labios de él descendieron lentamente desde su hombro hasta su pecho. El vestido, que costaba una fortuna y que solo había usado una vez, fue desgarrado por Robin, imposibilitando su uso futuro.
—¿Podríamos no hacer esto hoy? —Él sujetó su barbilla.
—¿Por qué? ¿Es por Antonio? ¿Quieres guardarte para él?
Fue