¡Suéltame!
Ella apartó las manos de su mejilla de un manotazo. Él retiró la mano bruscamente. Se llevó los dedos a la boca. Lentamente, lamió cada punta. Una por una. Ella lo miró fijamente, con la piel erizada. Se le puso la piel de gallina en los brazos y los hombros.
¿Qué haces aquí, Mateo? Su voz era cortante. Te dije que te alejaras de mí.
Su mirada se clavó en la de él. Oscura y firme.
¡Oh, linda señorita! —Rió, con una voz grave—. No tienes derecho a decirme qué hacer —sus labios se curv