Pasó un minuto. Quizás dos.
Primero oí el sonido: pasos pesados, resonando en algún lugar del pasillo. El zumbido en mis oídos era demasiado fuerte como para ubicarlo. Parpadeé. El techo se movía sobre mí, inclinándose primero a la izquierda y luego a la derecha, y la luz que entraba por la ventana me cegaba. Aparté la mirada y alcancé a distinguir la silueta de un hombre de pie justo detrás del resplandor. Inmóvil, observándome.
Apoyé la palma de mi mano derecha contra el suelo. La superficie