Esa noche, cuando Rebeca regresó a casa después de trabajar hasta tarde, se enteró que Carolina había venido.
La pequeña le tiró suavemente de la manga y se disculpó con cautela al confesar que había perdido su certificado de matrimonio.
Rebeca se quedó paralizada.
No se lo esperaba.
Apretando los labios, quiso regañarla, pero al ver su expresión arrepentida, claramente temerosa de su enojo, respiró hondo. Al final, se abstuvo de cualquier reproche y se limitó a decir:
—Bueno, ya está perdido, t