Arabella despertó lentamente, parpadeando contra una luz que no era fluorescente ni agresiva. La cama la acunaba con suavidad, y las sábanas suaves se deslizaban bajo sus dedos.
Por un momento pensó que estaba soñando. Después de un mes de paredes blancas estrechas, puertas cerradas con llave y cadenas incómodas, esta habitación se sentía imposiblemente amplia y tranquila.
Altas ventanas dejaban entrar la luz del sol, que se derramaba sobre los pisos pulidos y las paredes pálidas, cálida y cons