Sorprendida aún por mi osadía, al propiciar un enfrentamiento con Isabel, llamé al detective, expresándole mi inquietud sobre las llamadas de mi enemiga, cada vez más intrépidas en sus declaraciones, como si tuviera un cómplice que le informara de cada uno de nuestros movimientos. Hablé sobre la posible relación que podía tener con Camila y Samira y la probabilidad de que, en un descuido, las mujeres descubrieran el escondite de la hija de Ransés. Me escuchó atento, pero distante y, por un mome