Mi madre observó horrorizada el gesto que realicé ante su contacto. El miedo no me dejaba reaccionar, me aparté cuanto pude, porque sentía que, el simple roce de manos ajenas, me quemaba la piel.
- Mi niña - dijo llorando aquella mujer dolida - soy yo, nunca te haría daño.
Me toqué el vientre devastada, recordando a la pequeña, que se había convertido en mi obsesión y comencé a cantar, tratando de lograr su perdón. Con la mirada perdida y el corazón deshecho decidí acunarla en mis brazos, co