Los días posteriores al secuestro fueron tranquilos y rutinarios, aunque en el fondo yo sabía que esa calma era aparente. Estaba aterrada, algo en lo profundo de mi alma, me generaba inquietud. El peligro acechaba, vigilante y más presente que nunca. No podía dejar de pensar en Ramsés, quien por haber visto fallidos sus planes, debía de estar cada vez más molesto.
Las cosas se complicaban a pesar de mi creciente deseo de querer dar punto final a nuestros terrores. Mis salidas eran limitadas y