Preferí la soledad de mi mansión después de salir del hospital, ignoré las súplicas de mis padres y me fui cansada, rota y acabada, dispuesta a dejarme abatir por las penas, las paredes, los muebles, mi cuarto y hasta mis sábanas, tenían su olor. Era una mujer enamorada y terriblemente sola.
Lo recordaba devastado, dolido y ahogado por la angustia y la desolación. Aquella tarde retrocedí en mis terapias y me introduje en un infierno personal, difícil de vencer, quise llamarlo y retractarme, p