JOHN FOSTER
Completamente confundido me quedé observando la puerta cerrada en mis narices. —Avril… —dije en un susurro y pegué mi frente a la fría madera—. Te juro que… no es lo que crees. —Esa era la típica frase de un hombre infiel, pero… ¿Cómo podía defenderme?
De pronto escuché algo que me rompió el alma. Avril estaba llorando del otro lado de la puerta, era obvio que quería acallar sus sollozos, pero el dolor era tan grande que parecía imposible. Mi mano se volvió puño y quise golpear l