JOHN FOSTER
El odio en los ojos de su aún esposo vibraba con fuerza, extendió su mano, que hasta el momento estaba hecha puño, mostrando las cenizas de lo que quedó del acta de divorcio, soplándolas para que el viento las hiciera caer a los pies de Avril. —No pienso firmar nada —siseó—. Pelearé por lo que me corresponde, y me refiero a la empresa y a mi hija. Me volveré copropietario de este imperio, te guste o no. Si te rehúsas, soy capaz de exigir que vendan todo y me den la mitad. De igual