Gavin bostezó.
—Mañana pensaremos en eso y decidiremos qué hacer —me dijo.
Asentí conforme, sintiendo mi cuerpo relajarse contra el suyo y el sueño apoderarse de mí. Pronto me quedé dormida en sus brazos.
Despertamos al día siguiente con voces leves que nos llegaban desde la cocina y el aroma a tocino y huevos, causando que mi boca se hiciera agua y mi estómago rugiera. Amaba los desayunos que hacía mi madre, evocaban recuerdos de mi infancia.
Tuve una infancia feliz gracias a mis padres adoptiv