Nina suspiró discretamente. ¿Cómo explicarle que en realidad había sido su orgullo quien había rechazados sus obsequios, no ella? Pará cualquier mujer sería impensable rechazar semejantes regalos, mucho menos uno que causa placer y suntuosidad.
—Las joyas era bellísimas, señor Petrov...
—Dmitry—le corrigió él.
—Muy bien, Dmitry. Usted no me ha ofendido de ninguna forma, de hecho ha sido muy halagador de su parte, pero apenas nos conocemos y no puedo aceptar semejante generosidad que pueda afect