—El señor Gregoire Petit de la joyería Cartier, madame—le expreso Emile mientras un joven hombre junto a un par de mujeres entraban en la estancia.
Sarah se levantó de su sitio y le extendió la mano al hombre, quien le respondió el saludo.
—Es un placer conocerla—le dijo el hombre trajeado—espero no interrumpirla.
—No, señor Petit, de hecho solo estaba disfrutando de una tarde tranquila ¿Desea que le pida un té o algo de beber?
—No, muchas gracias, señorita Stoica, de hecho, me gustaría pasar d