Ginevra Romanov
Habían pasado dos días desde mi llegada. Mikhail no me había dejado escapar de su vista y se sentía como aquellos primeros días en los que estuve en esta casa y una amenaza de muerte colgaba sobre mi espalda. Ahora él lo hacía por placer, porque le gustaba tenerme cerca, tal vez para asegurarse de que no huiría, pero ya no estaba tan segura de eso. Él me consentía, me hacía alimentarme y me había sostenido estas dos últimas mañanas mientras vaciaba mi estómago en el inodoro.
Él