No... No.
¿Qué derecho tenía él, después de todo aquello, a venir a mi habitación y decirme esas cosas? ¿Decir que me amaba desesperadamente? ¿Cómo se atrevía a hacerme eso después de todo?
¿Y por qué mi tonto y traicionero corazón no dejaba de saltar por esas palabras?
No, Jane, solo eran palabras y no podía rendirme ante ellas de una forma tan estúpida.
De repente, Marius acercó aún más su rostro al mío y depositó un beso en mi frente, el beso más tierno que había recibido en toda mi vida, el