En el baño de hombres del primer piso, la tensión había llegado a su punto máximo. La puerta había sido derribada a patadas y colgaba precariamente.
Habían llegado unas diez personas, todos hombres musculosos con tatuajes y actitud amenazante. El líder, un tipo corpulento de aspecto feroz, tenía al lado al rubio oxigenado que Ana había derribado con una llave sobre el hombro.
Con el rostro contorsionado de rabia, al ver a Giana tirada en el suelo se enfureció aún más.
—¡Muy bien, maldita perra,