Una hora después, el auto se detuvo frente a la entrada principal del Grupo Herrera.
El cielo estaba gris y el aire cargado de calor. Era hora de comer y la gente entraba y salía del edificio. Ana inclinó la cabeza para enviarle un mensaje a Gabriel diciendo que había llegado.
Mientras tanto, Mateo, quien no había dormido en toda la noche, miraba su teléfono con expresión sombría. La secretaria que entró para reportarse temblaba, sin atreverse siquiera a respirar.
—Señor Herrera...
—¡Más te vale