Mariana sonrió con dificultad. Dejó el tazón y la cuchara, y después de un momento se dio la vuelta para enfrentar los ojos fríos de Gabriel.—Gab... señor Urquiza —se corrigió rápidamente.
No dudaba que si seguía llamándolo Gabriel, él definitivamente contactaría a los Vargas.
—Cuando vine, vi a Gonzalo y Guadalupe. Se llevaron a Ana.
Al final de la frase, Mariana captó claramente el cambio de expresión en el rostro de Gabriel.
Su corazón se encogió, sintiendo un dolor punzante.
Lo vio quitarse