Capítulo 32. La punta del iceberg.
El aire viciado de la oficina del agente George se impregnó de la urgencia de John. El asistente del duque de Cambridge irrumpió en la oficina jadeante, con la frente perlada de sudor y la mirada fija en el agente del FBI. Entre sus manos llevaba un sobre grueso cuyo contenido prometía nuevas revelaciones. Las noticias que traía eran escalofriantes y suponían un paso más en la peligrosa escalada hacia el corazón de una red criminal que se extendía por toda Europa.
John, visiblemente agitado, le