De repente, la habitación quedó en silencio. Luca permaneció de pie, con la mirada fija en Dante. Por un instante, su rostro estuvo a la vista; sus ojos se abrieron de par en par y sus labios temblaron ligeramente.
El Don no notó nada.
—Dante Kingsley —anunció con una sonrisa complacida—. Después de tantos años.
Dante dio un paso al frente con un traje a medida; cada paso que daba era sereno y seguro. Su sonrisa era radiante.
—Es bueno estar en casa.
Luciano miró a Dante, luego a Luca, y percib