Luciano conducía a gran velocidad por la carretera.
En el asiento trasero, Fiona lloraba suavemente, abrazando con fuerza su osito de peluche contra el pecho.
—Quiero a mami —sollozó.
Luciano la ignoró y mantuvo la mirada fija en la carretera, aunque su mente estaba en otro lugar.
«Debe de venir del salón de exposiciones», pensó mientras el coche avanzaba velozmente en la noche.
Fiona siguió llorando.
—Quiero ver a mi mami… mi mami.
Luciano finalmente perdió la paciencia; golpeó el volante con