Cuando llegué a casa, había un paquete sobre la mesa de la cocina. Pequeño y cuadrado, sin etiqueta de remitente. Solo cartón, la tapa cortada con precisión, como si quien lo enviara supiera que no tenía nada que ocultar — y sin embargo, todo en él respiraba secreto.
Me quedé mirándolo mientras me quitaba los zapatos. Mis instintos se revolvieron. Los paquetes anónimos no eran novedad en esta ciudad, pero este... lo sentí antes de tocarlo. Problemas.
Me serví un vaso de agua, me apoyé en la enc