CAPÍTULO SETENTA Y NUEVE

Silas simplemente inclinó la cabeza, aceptando el decreto. En cuestión de minutos, la impactante noticia se propagó como un incendio forestal, susurrándose por los grandes pasillos y resonando por todos los terrenos del palacio: «El Comandante ha sido despojado de su título».

Silas regresó a toda prisa a sus aposentos con la sangre hirviéndole, mientras la humillación pura y la confusión le quemaban las venas. Beatrice lo siguió de cerca, entrando en la habitación justo detrás de él.

—¡¿Qué le
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