9. Pequeña escurridiza

Seguí mi camino; lo último que quería era hablar con ese tipo desagradable. Brandon bajó de su auto a toda prisa y me sujetó del brazo con fuerza.

​—¡Suéltame! —le dije, furiosa—. Entiende de una vez que lo nuestro se acabó.

​—Alys, entre Sara y yo solo fue algo pasajero —insistió él, restándole importancia—. Te amo a ti y quiero estar contigo. Deja el drama y vuelve conmigo.

—¡Eres un descarado! ¡Te acostaste con ella en mi propia casa y me pides que vuelva como si nada! —grité. Las manos me temblaban por la rabia contenida; no podía soportar tanta falta de vergüenza.

​—Llevamos dos años de novios y todavía no hemos tenido intimidad, Alys. Soy un hombre y tengo mis necesidades —replicó Brandon, justificándose.

​¡Plaf!

​El sonido seco de la bofetada resonó con fuerza en la calle. Brandon se quedó atónito, llevándose la mano a la mejilla que ya comenzaba a enrojecerse.

​—¿Y según tú, eso te da derecho a traicionarme? ¿Sabes qué? Dejémoslo así, no voy a perder mi tiempo contigo. Quédate con Sara y déjame en paz; son un par de traidores y se merecen el uno al otro.

​Me solté de un tirón para marcharme, pero él me sujetó por los hombros con brusquedad e intentó besarme a la fuerza. De repente, una sombra se interpuso entre nosotros. Alguien lo apartó de un tirón y, acto seguido, un puñetazo certero se estrelló contra su rostro. Brandon tambaleó, aturdido, mientras el hilo de la sangre comenzaba a brotar de su labio.

​—¡Te dijo que la sueltes, idiota! —rugió Abel, apareciendo de la nada.

​Su semblante era feroz, sus ojos ardían con una furia contenida y su voz era tan cortante como el hielo.

​—¿Quién te crees que eres para golpearme? ¿Por qué te metes donde no te llaman? —replicó Brandon con los puños cerrados, intentando camuflar su miedo con ira.

​Abel lo miró de arriba abajo con profundo desprecio.

​—La señorita te acaba de decir que no quiere hablar contigo. Será mejor que te largues de aquí ahora mismo si no quieres sufrir las consecuencias.

​Brandon detalló al hombre frente a él y un frío le recorrió la espalda al reconocerlo. Era Abel Lenox. Ofender a alguien con tanto poder era prácticamente un suicidio empresarial y social. Pero... ¿por qué defendería a Alys? ¿Qué había entre esos dos? Una sombra de duda se instaló en su mente, aunque la desechó inmediatamente. ¿Cómo un hombre tan importante se fijaría en una chica común como ella?

​Sin decir más, Brandon subió a su auto dando un portazo. «Más adelante la buscaré y arreglaremos las cosas», pensó, herido en su orgullo. «Alys me ama y estoy seguro de que me perdonará».

Mientras tanto, Abel se aseguró de que Alys estuviera bien. Prácticamente la guió hasta su auto y, aunque ella intentó resistirse al principio, logró que subiera. Abel podía ser sumamente autoritario, pero sabía que, si se limitaba a ofrecerse como chofer, ella se habría negado solo por llevarle la contraria.

ALYS

Tuve una fuerte discusión con Brandon y, de la nada, apareció Abel. Últimamente coincidimos tanto que empieza a parecer un chiste; qué casualidad que siempre llegue para salvarme. Tal parece que cuanto más intento alejarme de él, más se empeña el destino en cruzarnos en el camino.

​Sin mediar palabra, encendió el motor y rompió la marcha.

​—Te llevaré a casa —sentenció.

​El ambiente dentro del auto se volvió denso. Yo me mantuve muda, mirando por la ventana, mientras él se concentraba en conducir. La verdad, no me sentía cómoda a su lado después de la noche que habíamos pasado juntos. No sabía qué pensaba de mí; tal vez creía que era una cazafortunas o una chica fácil. Sin embargo, cada vez que aparecía para defenderme, una calidez inevitable me recorría el pecho. Me sentía segura. Y, para empeorar las cosas, me atraía muchísimo; el tipo estaba buenísimo, eso era innegable. Sonreí internamente.

​«Pero un hombre como él jamás se fijaría en alguien como yo», me reprendí mentalmente. «Alys, deja de pensar en tonterías y enfócate en tus asuntos».

ABEL

​Alys estuvo callada todo el camino. Parecía incómoda, como si hubiera levantado una barrera invisible entre los dos para protegerse. Decidí que era hora de romper el hielo.

​—Estás en tu último año de universidad, ¿cierto? —le pregunté, manteniendo la vista en el frente.

​Esa pregunta la tomó por sorpresa. Se giró hacia mí.

​—Sí, ¿cómo lo sabes?

​—Tu tutor de tesis, Adam Williams, es un buen amigo mío. Fue mi profesor en la universidad y el otro día me habló muy bien de ti.

​—Sí, el profesor Adam es excelente en lo que hace —comentó ella, relajando notablemente la postura—. Nos llevamos muy bien y he aprendido muchísimo a su lado.

​A partir de ahí, la charla se volvió más amena durante el trayecto restante hacia su apartamento. Verla más relajada, regalándome pequeñas sonrisas de vez en cuando, me produjo una satisfacción inmensa. Tiene una sonrisa preciosa, y esos labios me resultaban tan tentadores que tuve que aferrarme al volante para contener el impulso de besarla. No quería que mi pequeño ángel se asustara y saliera huyendo de mí otra vez.

​Cuando estacioné frente a su edificio, me miró con una calidez genuina.

​—Gracias por traerme... y por defenderme —dijo en un hilo de voz. Su mirada, tan limpia e inocente, me desarmó por completo.

​—Fue un placer ayudarte.

​«Lo haré siempre que lo necesites», quise añadir, pero las palabras se quedaron atascadas en mi garganta. No quería presionarla antes de tiempo.

Alys se despidió y bajó del auto rápidamente, como un conejito asustado escapando del lobo feroz. Una sonrisa sutil apareció en mis labios mientras la seguía con la mirada hasta que se perdió tras la puerta del edificio.

​Huye todo lo que quieras, mi pequeña princesa. Al final, no podrás escapar de esto que sentimos, porque aunque te resistas sé que no te soy indiferente.

​Recosté la cabeza contra el respaldo del asiento, encendí un cigarrillo. Le di una calada y, suspirando en la soledad del auto, contemplé su ventana.

​«No sé qué rayos me hiciste, pero no logro sacarte de mi mente, Alys Moore» me dije en voz baja.

Pisé el acelerador, haciéndo rugir el motor mientras me alejaba de aquel lugar. Las cartas ya estaban sobre la mesa. El juego había comenzado, y yo nunca pierdo, ella terminaría siendo mía.

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